Ser mujer

Ser mujer implica muchas, muchísimas cosas. La carga emocional es tremenda porque vivimos constantemente en un ciclo hormonal. Lo mismo podemos empezar el día con una sonrisa en los labios y a los tres minutos caer en una especie de depresión-exageración de poca m..., que a veces ni nosotras mismas nos entendemos. Decimos sí, cuando por dentro gritamos ¡no!, la ironía nos aflora en la conversación y podemos ser tan filosas como un cuchillo de cocina o montaña (hasta opción les pongo...jeje).
Cuando amamos lo hacemos de una forma total, es todo o nada, y somos expertas en el chantaje para conseguir lo que según nosotras, creemos que es justo y necesario. Tardamos horas y horas en arreglarnos para supuestamente sentirnos bien, pero en el fondo, nos vestimos para agradar no solo a los hombres que pudiésemos encontrar, sino para causar la envidia de las demás mujeres y ser el centro de atención de cuánto lugar vayamos (no siempre lo logramos...pero ¡ah, cómo lo intentamos!).
Ser mujer no es nada fácil...nadita de nada fácil. Tenemos la lágrima al borde del ojo y el corazón tan dispuesto a la ternura que a veces abusan y abusamos de semejante particularidad. Somos fantasiosas, amorosas, dadoras de vida. Gustamos de hacer la guerra en el amor y el amor en la guerra. Somos fantásticas, únicas,
i-m-p-r-e-s-c-i-n-d-i-b-l-e-s.
Nos encanta que nos amen y los detalles. Llenamos el mundo de suspiros. Como amigas podemos ser leonas defendiendo territorios, pero...también podemos ser crueles con las semejantes. Somos una verdadera y fenomenal paradoja. Por eso me encanta ser mujer, aunque les confesaré que cuando me harto, en esos días en que la luna visita la mansión blanca de mi cuerpo, juro y perjuro que cuando reencarne ...seré un hombre.
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